¿La vida?

—¿Y qué esperas de ella? —me preguntó.

—¿Qué espero? —dije sorprendido, por no prever aquel atraco a mi intimidad—. No lo sé —mascullé, mirando hacia abajo. Ocultando mis ojos para que no notase que lo que esperaba de ella era un «¿qué tal, cómo estás?», «te he echado de menos» o cualquier frase que hiciera volver a dibujar una sonrisa en mi rostro. Cualquier palabra que denotara que aún quedaba algo de mí en ella. Que esperaba un «estoy aquí, contigo». Que esperaba todo, que no era más que su amor. Que mi libertad estaba encadenada a su sonrisa desde el primer día que la vi.

Que, por esperar, también esperaba, a pies juntillas, un «no estoy enamorada de ti», «estoy con alguien», «ya te olvidé». Para no creerla o para morir. A saber. Porque esperar es un acto que siempre golpea el alma. Y yo me aferro a mi alma como si fuese una lanza que no dejo que se precipite al olvido.

—¿Y qué esperas de ti? —me preguntó mientras yo divagaba. Otra cuestión que se me clavaba en lo más profundo.

—¿De mí? De mi solo espero que algún día me devuelva la vida o nada —respondí, esta vez, abatido. Aunque creo que no lo dije en alto—. De mí solo espero que nunca me aborde la indiferencia y creerme al fin que ella no está aquí, pero alguna vez lo sentí. O nada, que realmente es lo que ella espera de mí.

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