Sobre la sinceridad

Hablar claro consiste en ser sincero, pero con un matiz muy importante en cuanto a los sentimientos se refiere: asumir que esa sinceridad tiene implícito el riesgo de hacer daño. 

Actualmente, vivimos en un mundo de adornos, donde decorar la verdad forma parte de nuestro día a día y hay que ser conscientes que eso no es sinceridad.

Disfrazar de médico al lenguaje, anestesiar las palabras, convencerse de que es la mejor forma de actuar, creyendo proteger al otro, solo nos hace retroceder, desconectarnos. Así, cuando creemos que estamos aliviando el sufrimiento de alguien, la realidad es que lo estamos alargando.

Si nos alejamos del marketing, de los noticiarios, las redes sociales, los bulos y los discursos sesgadas y manipulados, nosotros nunca debemos callar lo que tenemos que decir. Ni en el trabajo, ni con las personas que nos importan y, lo peor, con aquellas a quién se quiere, donde es aún más aberrante. Debemos ser conscientes de que todos estamos sometidos al juicio de la sinceridad y ahí se nos exige no traicionar a nadie. Practicar la ley del espejo nunca es una opción. También, aunque siempre viene bien recordarlo, la omisión de cualquier verdad es una mentira, le pese a quien le pese.

Si no somos capaces de sostener y respetar lo que alguien nos traslada sobre sus sentimientos de forma sincera, con las palabras certeras —no las elegidas, meditadas y masculladas—, ¿para qué existe el lenguaje? Las palabras están hechas para removernos, levantar ampollas, revelarnos, discernir, comunicar… Las palabras sinceras, las que provienen de lo que deploramos, lo que guardamos dentro, al decirse, producen esa picazón que deja el buen jamón al tragar. Y solo cuando oímos algo que duele, siendo verdad, podremos avanzar. De lo contrario nos encontraremos a la espera de escuchar lo que intuimos y sentimos, que puede estar muy alejado de la certeza absoluta. Y ahí solo queda la sensación de engaño, la falta de entendimiento, de preguntarnos una y otra vez por qué. Y, después, la frustración. Nos quedaremos sin la última página del libro, vacíos.

Evitar el conflicto o adormecerlo no es querer buscar una solución, es una huida para que el tiempo haga nuestro trabajo.

Acomodarse como un mero espectador, callar; no es comunicarse, es asistir a un discurso. El que no habla no se equivoca, ni será sometido a juicio, ni se arriesga a nada. ¿Entonces, para qué tenemos el lenguaje? Las palabras nos permiten verbalizar los sentimientos, disculparnos, cueste a cada cual lo que le cueste.

Aquellos que nos guiamos por impulsos, que decimos todo sin pensar, cuando así lo sentimos; podrán acusarnos de muchas cosas, pero nunca de no ser sinceros, ni de huir. Tampoco de tener miedo a equivocarnos, a saber cuándo no tenemos razón y a pedir perdón, si se diera el caso. Pero jamás viviremos de ocultar lo que creemos, opinamos y sentimos.

Porque es tan importante saber decir «te quiero» como «ya no estoy enamorado de ti». El resto, son excusas.

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