La salud mental no es ningún cuento

Por primera vez, sin necesidad de maquillar, ficcionar, poetizar, adornar o romantizar un texto, con motivo del día mundial de la salud mental, me gustaría darle visibilidad a través de mi propia experiencia. Porque si de algo tengo certeza, es que la salud mental no es ningún cuento.

He arrastrando durante demasiado tiempo varios traumas, ansiedad y episodios depresivos, debidos a encadenar varios sucesos y procesos difíciles a lo largo de mi vida, pero sobre todo en los últimos años, que creo que no han sido fáciles para nadie. Siempre los he ocultado y creído superar por mí mismo. Quizá porque si algo pueden destacar de mí los que me conocen es mi capacidad de superación. Pero a pesar de tener más de lo que pudiera desear, saberme un tipo con suerte, esto no nos exime de sufrir, por muy bien que parezca que nos trate la vida. La realidad es que mis traumas físicos, personales y familiares me han avergonzado y atormentado. Aún tengo interiorizadas lecciones muy mal aprendidas sobre el cuidado de los demás y el mío propio. También por considerar la salud mental un tema tabú hasta hace relativamente poco. Nos enseñan a que mostrarte vulnerable no es lo correcto y no debe ser así. No debes ser el más fuerte a toda costa. Y no siempre puedes con todo.

Durante esos momentos, mi forma de actuar recurrente era esconderme como forma de autoprotección. Me costaba enormemente expresar cómo me sentía y pedir ayuda, aunque no dejaba de gritarlo en silencio, en forma de indirectas y, en ocasiones, como dardos envenenados. Esperando siempre que las personas que me rodeaban lo intuyeran y me tendieran su mano como yo deseaba. En la parte social, con mis personas de confianza, tenia la necesidad de ser el centro de atención, destacar, a pesar de que no era capaz de acepar los piropos. Y cuando algo me atormentaba, me forzaba para poder mostrar una versión de mi que tuviera una sonrisa. Intentaba siempre ayudar a todo el mundo y esperaba que alguien me salvase a mí. Acumulando todo lo malo y guardándolo dentro. Evidentemente, esto únicamente agravaba mi sensación de vacío cada vez, porque nunca ocurría. Era un parche, como mostrarme ante el mundo como alguien que siempre está haciendo cosas interesantes y se encuentra muy bien. Soy un disfrutón de la vida, pero en mi soledad tengo mis demonios, como todo el mundo. Aprender a esperar, no anticiparse, aceptar que el resto no sea ni se comporte como tú lo harías es difícil. Y aprender a quererte, con tus defectos y virtudes, es una tarea más difícil aún. Conocernos es quizá la tarea más complicada a la que nos enfrentamos y, más en los tiempos que corren, las herramientas para aprenderlo y tratar la salud mental debería estar al alcance todos. Porque mostrarnos como somos ante quien nos quiere, saber ponernos límites, aceptarnos, es imprescindible. Yo he vivido durante mucho tiempo en la continua anticipación. Buscando adelantarme tanto a lo bueno como a lo malo. Y luego me ha pesado no vivir el presente. Y esto, que para ciertos aspectos puede ser positivo, en lo que a uno mismo se refiere, al menos en mi caso, no suele traer más que miedos, ansiedad y tristeza. Aparte, aún conociendo la teoría, sacando de cada golpe algo bueno, como fueron mis libros, soy consciente de que no fue suficiente.

La realidad era que, cuando algo me frustraba, tendía a culpar a quién me causaba el dolor en algún momento. Entendía las cosas que me trasladaban de una forma personal y, si no me gustaba lo que oía y no obtenía lo que quería, me enfadaba o caía en victimismo. También tenía la necesidad de exagerar todo, de contentar a todos los que estuviesen a mi alrededor para que se sintiera bien. Buscaba las palabras adecuadas para los demás, pero no para mí. Opinaba sobre cualquier cosa con libertad, pero no me gustaba que lo hicieran conmigo. Conmigo me comportaba al revés y me lo guardaba todo. Evidentemente, esto solo puede generar desconfianza. Porque lo único que proyectas hacia el exterior es un falso control de tu vida.

Hace menos de un año que estoy en terapia. Tengo suerte, me puedo permitir disponer de un especialista privado. Me está ayudando mucho y estoy consiguiendo avances, aunque son más lentos de lo que me gustaría. Soy muy exigente conmigo, tiendo a forzarme mucho, a querer las cosas de inmediato y tener unas expectativas que rozan la perfección. Pero he aprendido que yo puedo ser mi mayor enemigo y conocerme así es la única forma de poder gestionarlo. He aprendido a hablarme bien de mí y también a ponerme límites. He aprendido cosas que creía saber y de las que no tenía ni idea. He aprendido a pararme a pensar, salir de mi zona de confort y a controlar mis impulsos. Y aún me quedan muchas cosas que aprender.

Este verano, tras una ruptura amorosa, se me cruzaron ideas y pensamientos sobre mí que nadie debería tener. Me vi más bajo que nunca y me preocupé mucho. La ruptura era la gota que colmaba un vaso que ya desbordaba hacía tiempo. Todo suma y yo no estaba tan preparado como creía. En este caso, escribir, leer, la música o viajar, no eran suficientes. Afrontar un proyecto truncado, donde has depositado toda tu alma, siempre es duro. Y debes asimilar que la relación no continúe, sin buscar ninguna explicación. Y no negaré que esto es un camino difícil y lleno de mitos. Debes aceptar que no se cumplen tus expectativas y, cueste lo que cueste, avanzar.

No sin esfuerzo, me atreví a verbalizarlo. Lo hice en terapia, con mi psicóloga. Lo hice con mis seres queridos y mi familia. Son las palabras que más me ha costado pronunciar: «No estoy bien y necesito ayuda». Está siendo un camino muy duro, pero me siento muy arropado. Aún tengo que lidiar con la culpa, la frustración, las dudas y el miedo. Hay demasiadas cosas que no entiendes. Y hay muchos días tristes, pero sé que pasarán y estoy empezando a disfrutarlos también. Hay que ser consciente de que cada uno tenemos nuestros tiempos, necesitamos nuestros espacios y hacerlos respetar.

Intento cada día ser mejor persona, cuidarme y voy avanzando. Trabajo duro y voy aceptando a cada uno como es, sabiendo dejar de lado aquello que me hace daño. Estoy volviendo a retomar amistades perdidas, perdonando, perdonándome, recuperando sensaciones positivas y, poco a poco, sanando. Varias circunstancias tienen la culpa de mi sufrimiento, pero me considero afortunado por las personas que me han acompañado y compartido su tiempo a lo largo de mi vida, sobre todo las que perduran. Y es inevitable que duela cuando algunas se marchan, como cuesta no caer en la fácil idea de culparnos por haberlas perdido. Asimilar esto forma parte del aprendizaje.

No sé si este texto ayudará a alguien, pero me apetecía compartirlo por si así fuera. Ojalá. Y ojalá el acceso de la salud mental y de calidad en nuestra sanidad pública sea pronto una realidad. Ojalá poder tener especialistas al alcance de todos para poder tratar las enfermedades mentales a tiempo. Ojalá que nadie sufra sin sentido.

Por último, si nunca lo hice, pido disculpas si alguna vez os causé algún daño y, sobretodo, os doy las gracias a cada uno por vuestro tiempo. En breve cumpliré los 40, pero aunque a veces lo sienta, no estoy solo. Nadie lo está. Y la soledad elegida es necesaria.

Cuidaos mucho. Y dejaros cuidar también.

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