Silencio impuesto

¡Buenos días, María! —saludan al únisono las dos señoras.

María responde con un gesto de asentimiento y una leve sonrisa a sus vecinas, continuando con su camino hacia el colmado.

—Mírala, siempre tan maquillada, parece que sale a la calle solo para que la miren —dice Carmen bajando la voz. A sus 86 años aún le quedan ideas de otra época.

—Mujer, no es para tanto. Es joven y, además, no hace daño a nadie. Nunca se sabe qué hay detrás de lo que hace cada uno —responde Lucía, que tiene nietas jóvenes que van a verla los fines de semana y a las que adora.

María se siente observada por las abuelas del pueblo cuando sale de su casa. Otra razón para pisar la calle lo imprescindible. A veces, como cuando era niña, cierra los ojos para volver a percibir la inocente invisibilidad de los juegos de la infancia. Entretanto, recorre los senderos del pueblo que se sabe de memoria.

María abre la puerta de la tienda, que siempre se encuentra algo a oscuras y agradece. Tras el mostrador está Paqui, su amiga del colegio. Le inunda la sensación de que hace años que no se ven.

—Hola, María. ¡Cuánto tiempo sin verte! —exclama Paqui, mientras mira extrañada la ropa de su antigua compañera. María viste un forro polar gigantesco que no encaja con todo el maquillaje que lleva. «Con lo mona que iba esta chica siempre y la de dinero que tiene su marido», piensa Paqui sin dejar de observar a una amiga que ahora le resulta desconocida.

María dibuja en su rostro la leve sonrisa que tiene tan interiorizada y continúa hacia los pasillos del supermercado. Recorre varios estantes de la tienda, recoge lo que ha venido a buscar y se dirige hacia la caja a pagar. Delante de ella una mujer y su hijo están terminando de pasar la compra. El niño la mira con ojos incrédulos, como se mira lo desconocido. La madre coge del brazo al niño, apartándolo de María.

—¡No seas pesado, niño! —le reprende la madre a su hijo buscando la complicidad de Paqui, la cajera—. ¡Este crío no puede estarse quieto ni un momento!

María puede sentir el temor de la madre, porque está demasiado acostumbrada a dormir con él cada noche. Paga la compra y se marcha con paso ligero con dirección a casa de sus suegros.

—¡Hasta pronto! —se despide Paqui mientras María abandona el supermercado.

—¿Otra vez te has caído? —pregunta su suegra al abrir la puerta —. Ya te lo he dicho varias veces, tienes que portarte bien— le susurra llevándola a la cocina.

Jesús, su marido, junto a su padre, el suegro de María, ven la televisión en el comedor. En ese momento emiten un anuncio contra la violencia de género, y su suegro, Paco, maldice las tonterías de publicidad que se hacen hoy en día.

En la cocina, María debe cortar las patatas para la comida. Recuerda cómo hoy se despertó angustiada y se duchó para despejarse. Se maquilló ocultando su tristeza. Se vistió con un viejo forro polar y pidió dinero a su marido para poder comprar algo para la comida.

—Toma, cómprame cervezas. No se te ocurra comprarte ropita ni ninguna tontería— le dijo su marido.

Caminó cabizbaja, con miedo y desamparada por el pueblo, intentando ocultarse de su sombra. Entró en el supermercado, compró obedientemente unas latas de cervezas y se dirigió a casa de sus suegros para comer.

«Cobarde(s)» se repetía para sí misma sin descanso. Una lágrima recorrió su mejilla. El silencio, quizá, algún día, sea para siempre.

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