El espectro

Cuando nací, a mi madre le dieron el pésame, quizá como un preludio de mi forma de ver la vida sin temer a la muerte. Ese es el último día que mi madre vio a mi padre, pero yo no puedo decir lo mismo. La primera vez que volví a verle me esperaba en la puerta del colegio. Yo salía corriendo, junto al resto de mis compañeros, cuando observé a un señor que fumaba apoyado en el coche. Dio una bocanada a su cigarro, sonrió —supuse que alegrándose de ver que seguía vivo—, y se dio media vuelta. La segunda y última vez que lo vi estaba dentro de un ataúd. Mantenía la misma sonrisa que recordaba de nuestro primer encuentro, pero sus ojos estaban cerrados. Ya no podía saber si yo seguía vivo, pero dudo que le importase. Nunca he creído que exista nada después de la muerte, aunque ahora sé que estaba completamente equivocado.

–Hola, padre.

–Hola, hijo mío. ¿Vamos a ver a mamá?

–Vamos.

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