El buen padre

Decidí que la última bala no sería dirigida a nadie, ni siquiera a mí, porque de lo que fui no quedaba nada. Esta era una idea muy meditada, como lo son todos los suicidios.

Mi familia tenía razón, nunca había sido un buen padre. La confirmación de esa certeza hizo que se desmoronara aún más mi mundo. Descubrí que la pistola que sujetaba entre mis manos era de juguete. Mi revólver cargado con una única bala iba de camino al colegio en la mochila de mi hijo.

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